
martes, julio 07, 2009
lunes, marzo 30, 2009
Aviso palo palo palo
¡Que nadie se alarme!
El Mono se Eleva está de mudanza. Yo mismo estoy trasladando la mecedora y la mesa camilla a pulso.
Dentro de poco tendremos más espacio, los demás blogs nos envidiarán y seremos más felices.
Para hacer boca y mano, les dejo un relato corto:
Geranio amaba la prensa. No solo la compraba y leía, sino que además vivía dentro de una. Por este motivo, Geranio, prensado, medía un metro diez, hasta que un día, harto de estrecheces y harto de vino, salió de la prensa en que vivía y se pegó el estirón. Se estiró con tanta fuerza que quedó partido en dos. Pero Geranio siempre fue un optimista y, lejos de desanimarse, se pluriempleó; hoy su mitad inferior se dedica a probar bicicletas estáticas, mientras que la mitad superior ha montado un restaurante que no disfruta de mucho éxito. Probablemente quebrará y morirá, así que yo de ustedes no compraría una bicicleta hasta asegurarme de que medio Geranio ha sido reemplazado.
Pronto tendrán más. Lo dice Gavanido.
lunes, enero 19, 2009
Al calor del boniato
miércoles, enero 07, 2009
Saxo en la azotea
Su nombre era Apapucio. Era músico, y además tenía la habilidad de tocar el saxo tenor con gran acierto, posando siempre todos sus dedos únicamente en las notas que sonaban bien. De joven mostró un breve interés por la música, siendo pianista de cine mudo unos treinta y tres años de su vida. Su padre se quedó obsoleto como tal en plena pubertad, y por eso Apapucio se maleducó y adoptó por costumbre tocar el saxo tenor en su azotea hasta altas horas de la madrugada. Su vecina, Hartita, puso una noche el grito en el cielo atándolo a un globo de helio, y juró que de mayor quería ser señora. Apapucio y su mala educación siempre desoyeron sus quejas, y continuaron haciendo lo que les apetujo durante años. Como el tiempo en esta historia carece de importancia, pasaron siete siglos, y la vecina de Apapucio comenzó a hallar el placer en las bellas melodías de su saxo. Antes de que el relato se torne erótico y se parezca a lo que no es, diremos que Hartita carecía de brazos, así que jamás pudo tocarse de la extraña manera en que usted está pensando, ¡Degenerado! No obstante, se frotaba contra una palmera. El misterio de cómo sin brazos habría colgado las sábanas Hartita no hizo mella en Apapucio, pero sí por lo menos en cien tíficos que pasaban casualmente por allí y estuvieron años estudiando dicho fenómeno. La historia de amor no se hizo esperar. Uno de los tíficos, engatusado por las melodías de Apapucio, se colocó su calvuca postiza y se lanzó a la azotea norte de éste para tratar de conquistarle con bellos cálculos y ecuaciones sin resolver. No obtuvo éxito, pues el pobre tífico no se percató de que no era posible saltar a una azotea desde un bajo, estampanándose sin remedio contra el canto de una alcantarilla, y muriendo en el acto en el acto de saltar. Hartita y los noventaynueve tíficos restantes viven ahora juntos, unidos por la desgracia en el piso de treinta metros cuadrados preparado para tal efecto por ella misma. Apapucio, mientras, toca su saxo para ellos religiosamente, noche tras noche, desde su azotea.
miércoles, diciembre 24, 2008
Repetimos pavo
Al menos viene Familia a verme, y me cocinará gratis. Familia siempre fue un cocinillas. Espero dorarme y no quedar salado.
Y es que Gavanido, a veces, repite.
FELIZ GAVANIDAD
viernes, diciembre 19, 2008
Riguroso estudio científico
martes, noviembre 04, 2008
¡Quietos! ¡Parados!
viernes, octubre 10, 2008
¡Aprisa, un abrazo!
Una terrible mañana de febrero, la ausencia de Meancio decidió darse a la buena vida y comenzó a comer en restaurantes de lujo, dándose festines cada noche y engordando día tras día. Tanto engordó, que las ausencias de Meancio en la vida de Gargajón comenzarón también a crecer. Gargajón no aguantaba más, y amenazó con quedarse calvo como la situación no cambiara. Meancio, sin motivo aparente, desoyó dichas amenazas y puso en jaque al Universo yéndose a Plutón, y separándose aún más de la vida de su hermigo. Quizá fue el destino el que hizo que jamás tuvieran contacto, o quizá no.
Pero los lazos de la amistad eran fuertes y cuando Gargajón se encontraba tomandose la vida con calma y la muerte con presura, Meancio hizo un sofrito de orgullo y se lo zampó, acudiendo en busca de Gargajón antes de su fallecimiento. Los médicos le habían dado dos días de vida. Un lunes y un miércoles, para ser exactos. El azar, la torpeza o el torpe azar quiso que Meancio acudiera un martes, con lo que encontró a su hermigo ya fallecido. El miércoles, una vez resucitado, Gargajón, en su último día de vida, confesó a sus más allegados, -el portero y su sobrijo- lo mucho que echaba de menos a Meancio, y pidió que, por favor, lo matasen de su parte para reencontrarse por fin en la luz que había al final del túnel. El portero, obediente, asesinó a Meancio tirándole de un padrastro hasta pelarlo. Meancio aceptó encantado dicha muerte y murió. Acudió al encuentro a las cinco menos diez, como Gargajón le había indicado al portero y allí, juntos al final del túnel, prometieron no separarse jamás. A los cinco minutos y cegados por la luz, dicha promesa se rompió, chocando el primero contra un fregado y el segundo tropezando con un vado permanente. Jamás se encontraron.
domingo, septiembre 28, 2008
Parto raro en la isla
En su nueva vida, Anapurno creció como persona, sabiendo convivir con la soledad, la rara población y la rutina del día día. Por las mañanas se dedicaba a depositar sonotones por las barandillas de su ciudad y a colgarlos por los árboles de los parques. Entrada la tarde, los recogía y en su casa extraía de ellos los sonidos que había pescado durante el día. Con ellos componía bellas melodías que describían perfectamente cómo evolucionaba su vida en la isla y se las enviaba por correo postal a su familia en la otra vida. Su familia nunca pudo escuchar ninguna melodía en ninguna de sus cartas, ya que todos habían aprendido a dejar de oír en un curso a distancia avanzado -pagado por el Gobierno para tal efecto-.
Anapurno, feliz y en su mayor plenitud conocida, parió por sí mismo un precioso bebé. Tenía la cabecita redonda y sabía a pequeño, así que decidió llamarlo Lenteja. Anapurno y Lenteja fueron felices muchos años, incluso cuando Anapurno retozó sonriente en su lecho de muerte. Aquél día, Lenteja, más sola que nunca, decidió romper con su vida con unas tijeras bien afiladas, y empezó su nueva etapa en un cacho de tierra al oeste, o al este de otro sitio. Apátrida y sin ley, vivió dos años más, sola como un torrezno -un torrezno solitario- y finalmente murió en una cazuela con algún trozo de chorizo, patata, cebolla y dos hojas de laurel.
miércoles, septiembre 17, 2008
La burbuja de Zapato
martes, mayo 20, 2008
¡¡¡Juegue con Gavanido y gane un fabuloso!!!
Primera entrega.
1-¿Sabría decirme en cuántas ocasiones he hablado del famoso Traposaurio?
10½-Viendo este post, ¿en qué novela cree que me he
¡Suerte a todos menos a usted!
miércoles, mayo 14, 2008
¡La barba sin cabeza! ¡Ahora con exclamaciones!
¡Entre su más tierna barba, conserbarba también su primera baba, procurando que no se deshidratara con la ayuda de esputos aleatorios y orín -no se alarme, se trata de un oro pequeñito que sólo Gapito sabía encontrar buscando a fondo debajo del sofá, entre pelos de su barba y porquería-, haciendo que su barba ganara el valor de unos cuantos kilates!
¡¡Pero aquella noche en la que decidió podarse la cara y comprobar si todavía estaba allí detrás del frondoso pelaje, Gapito descubrió maravillado que no era así!! ¡¡Al terminar la poda obtuvo como resultado la desaparición total de su rostro y cabeza, pero no de su alegría!! ¡¡¡La felicidad de Gapito aún se hacía notar en cada uno de sus gestos!!! ¡Feliz pero ciego, se acucharó en un rincón esperando a su mujer, pues Gapito solía estar casado los años bisiestos! ¡Tres años más tarde, apareció por la puerta su bella esposa y vio a su imberbe inverbe marido postrado en el suelo! ¡Y digo inverbe porque Gapito dejó de usar verbos, hilvanando sus frases con pronombres y sustantivos! ¡Y digo imberbe porque al carecer de rostro también carecía de vello bello! ¡Y digo vello porque..!
¡¡Iglesia y cómic se enfrentan desde entonces en los tribunales, con pleitos de patatas y juicios de muelas en una lucha encarnizada por los milagros de Gapito!!
¡Gapito, mientras, ausente de todos estos problemas, a pesar de continuar sin cabeza goza aún de muy buen juicio! ¡Final! ¡Amén!
miércoles, mayo 07, 2008
La barba sin cabeza
Entre su más tierna barba, conserbarba también su primera baba, procurando que no se deshidratara con la ayuda de esputos aleatorios y orín -no se alarme, se trata de un oro pequeñito que sólo Gapito sabía encontrar buscando a fondo debajo del sofá, entre pelos de su barba y porquería-, haciendo que su barba ganara el valor de unos cuantos kilates.
Pero aquella noche en la que decidió podarse la cara y comprobar si todavía estaba allí detrás del frondoso pelaje, Gapito descubrió maravillado que no era así. Al terminar la poda obtuvo como resultado la desaparición total de su rostro y cabeza, pero no de su alegría. La felicidad de Gapito aún se hacía notar en cada uno de sus gestos. Feliz pero ciego, se acucharó en un rincón esperando a su mujer, pues Gapito solía estar casado los años bisiestos. Tres años más tarde, apareció por la puerta su bella esposa y vio a su imberbe inverbe marido postrado en el suelo. Y digo inverbe porque Gapito dejó de usar verbos, hilvanando sus frases con pronombres y sustantivos. Y digo imberbe porque al carecer de rostro también carecía de vello bello. Y digo vello porque...
Iglesia y cómic se enfrentan desde entonces en los tribunales, con pleitos de patatas y juicios de muelas en una lucha encarnizada por los milagros de Gapito.
Gapito, mientras, ausente de todos estos problemas, a pesar de continuar sin cabeza goza aún de muy buen juicio. Final. Amén.
martes, abril 22, 2008
Carne de su carne
Al nacer, su madre Saltapuertas ya lo acunaba entre su seno y su coseno, de ahí que saliera tan dotado -¡de inteligencia, oiga!- y le gustara tanto salirse por la tangente.
Según sus vecinas, Indeleble era "la mar de guapo" -con olas y todo-. Pero su hormona del crecimiento era más grande de lo habitual y su ropa, al no serlo, se le quedaba pequeña al poco tiempo.
Una tarde en la que Indeleble se vió crecer un poco más de lo que acostumbraba a crecer cualquier otra tarde de siete a nueve, se asustó y, siempre previsor, echó a correr a casa para escribir su propia esquela por lo que pudiera pasar. Cuando llegó, se puso a buscar un lapicero para comenzar la redacción, pero su nombre también había crecido y pasó a llamarse Indeleblebable, y es por ello que, cuando terminó, tuvo que empezar otra desde el principio con su nuevo nombre.
Después de años de crecimiento desmesurado y debido a una falta extraordinaria de aprecio, a Indeleblebable comenzaron a sobrarle partes de sí mismo.
Al principio hizo sorteos públicos de sus órganos más preciados, pero al ver el poco interés que la gente mostraba en ellos, los fue regalando. Todos sus amigos tenían en su casa un trozo de "Inde" y, excepto los grandes grandes amigos, ninguno quería acoger más pedazos del gran Indeleblebable.
Sin saber muy bien cómo, una tarde abandonó tres esternones frente una parada de autobús, seguido de diecisiete bazos y dos kilos de lo que él gustaba denominar "carne vulgar" en la entrada de un hipermercado para vegetarianos, provocando airadas protestas por parte de algunos vagos y maleantes que casualmente paseaban por allí, y que no necesariamente han de ser vegetarianos. Y así empezó la etapa en que Indeleblebable comenzó a abandonarse a si mismo.
Pero también comenzó a abonarse, pues son cosas que vienen de la mano y no se pueden prever, y es por ello que a veces algún ciudadano pudo ver en su cuenta bancaria una transferencia por valor de "Indeleblebable". Ésto repugnaba a los integrantes del llamado "populacho" quienes, hartos de encontrarse trozos de nuestro protagonista por la calle y en sus cuentas del banco, decidieron tomar medidas al tema de Indeleblebable y, espantados, obtuvieron una cifra de varios kilómetros y rezaron para que el asunto no se enderezara jamás.
Con los años, la ciudad en la que creció Indeleblebable quedó completamente cubierta de él, y sus vecinos hacían uso de bisturíes para abrirse paso entre la "maleza".
Afortunadamente, la cabeza de Indeleblebable reposa hoy sobre una fábrica de yeso en pleno rendimiento, la cual es capaz de hacer funcionar con tan sólo treinta tímidos movimientos de su lengua.
Cabe destacar que, aparte de su tamaño, Indeleblebable fue un grande feliz como pocos grandes, y un feliz grande como pocos felices.
Descanse en paz, cuando muera. Él bien lo merece.
lunes, abril 07, 2008
Vida y vía del Buen Petronio (Parte II)
Los cientificos del país vieron en esto una mina, y lo emplearon para testar alcoholímetros los días de cada día y para extraerle el carbón los fines de semana, de siete a cinco. Tras perderse en una de sus propias galerías, se perdió también en lontananza, y desde allí escribe a sus queridos. En la última carta que recibí de él, no deja de alabar, entre silbidos, la comida de Lontananza, exquisita y muy sabrosa por su sabor, entre otras cosas.


