sábado, diciembre 12, 2009

No se puede hacer más lento

Y de la nada, apareció un tiesto. Así gustaba comenzar todas las noches sus representaciones el gran Ceregumilo. Como gran prestidigitador que era, solía prestar todos sus dedos excepto el de señalar, a los numerosísimos espectadores que acudían al teatro para contemplar su espectáculo. La actuación duraba apenas una hora y tres días, pero con el tiempo, la gente comenzó a darse cuenta de que el propio tiempo daba igual. Ceregumilo salía a escena con paso impar, mirada indiferente y juanete dolorido. Pero sobre todo salía capaz. A pesar de que su cuerpo estaba enfadado con él y lo llenaba de contratiempos, había sabido dejarse un bonito bigote de tres días para parecerse a su vecino de usted. Ceregumilo y su bigote, prestidigitaban con suma habilidad, haciendo las delicias de los más exigentes en dicho mundo. Aquella noche tomó como voluntario a un señor que no conocía y que incluso no se conocía a si mismo. Ceregumilo recogió sus dedos de entre el público, regalando los raros objetos que éste había conseguido sacar de ellos y se dirigió a su desconocido. ¡Esta noche, con todos ustedes, tendremos el número del hombre arrugado! -dijo Ceregumilo mientras se apartaba el sol de la cara-. El hombre, decidido y harto de juventud, entró fugaz en la extraña máquina de hierro que en silencio, permanecía juguetona en el medio del escenario. Ceregumilo lograba calmarla con ciertos canturreos a la altura del pestillo y unas palmaditas en el contenedor de líquido envejecedor. El público, mientras, miraba espectante el proceso mágico y casi industrial de la máquina. El artista no paraba de alimentarla con pares de minutos y algún segundo suelto, pero ella, hambrienta, quería más, teniendo que esperar varios meses para poder saciarla por completo. Tras cincuenta y cuatro años de actuación ininterrumpida, y veinte muertes entre el público, por fín llegó el día del fatídico desenlace del número del hombre arrugado. Cachava en mano, Ceregumilo abrió la puerta de su oxidada máquina para estupor de los espectadores que aún sobrevivían en las carcomidas butacas. Por fín, tras tres kilos de polillas, se abrió paso el hombre arrugado con mirada de sorpresa arrugada. Un sonoro aplauso se escuchó en el pueblo donde vivía Ceregumilo que no cesó hasta su jubilación al año siguiente. Jamás reveló su truco, y la máquina fue destruida por si misma al día siguiente de la representación. Aún hoy se intenta desarrugar al hombre arrugado con costosísimos experimentos y la ayuda de grandes entendidos en el tema, pero todos saben, que si Ceregumilo quisiera, y sin tanto esfuerzo, podríamos disfrutar otra vez de uno de sus grandes números. El del gran cuatrocientos cuarenta y cuatro.

7 Comments:

Blogger Alfonso de la Fuente Ruiz dijo...

¡Qué dislate! ¿Pero no nos había contado que la actuación duraba sólo una hora y tres días? ¡Y luego duró cincuenta y cuatro (# 54 #) años de vellón! Algo no me cuaja... será que sus historias son la leche.

12/12/2009 8:31 p. m.  
Blogger Gavanido dijo...

Parafraseándome a mí mismo; con el tiempo comenzará a darse cuenta de que el tiempo da igual.

Reciba un boniato dorado por su atención.

12/12/2009 11:36 p. m.  
Blogger humo dijo...

Me va a perdonar la ordinariez, Don Gava: en España, otra cosa no será, pero entendidos en el arte de desarrugar haylos.
Yo misma les llevo cada semana un juego de cama, el mantel y un kilo de ciruelas pasas, y me lo dejan todo divinamente, oiga.

12/15/2009 10:59 p. m.  
Blogger Gavanido dijo...

No me va a perdonar la ordinariez, Doña Humo; pero las ciruelas, ¿se las dejan a usted tersas y firmes como sin duda lo fueron un día?
¿Lleva otros frutos secos, como por ejemplo orejones o higos, a ser planchados?

12/16/2009 12:05 a. m.  
Blogger humo dijo...

¿No le he dicho que me las dejan divinamente, Don Gava?
...Con decirle que eran una herencia de mi abuela y mis nietos creen que están recién cogidas del árbol...

12/16/2009 10:19 a. m.  
Blogger Alfonso de la Fuente Ruiz dijo...

Créala, créala, pues deben ser los mismos a quienes, cada dos semanas, llevo las sisas de mis camisas. Mañana mismo iba a pedirles presupuesto para ver qué podían hacer con mi bull-dog, que el pobre no ve, por culpa de los dichosos pliegues faciales.

12/16/2009 11:46 a. m.  
Blogger coco dijo...

prestidigitaban. Nunca tanta poesia se habia reunido en un verbo tan imperfecto como indicativo. Acción que se repite en el pesado. Irregular. Sobretodo si es el pasado de mi cuñado.

12/17/2009 2:21 a. m.  

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