
miércoles, agosto 04, 2010
martes, junio 22, 2010
Pecho cargado
Hoy por hoy, con treinta y cinco años, cuando la ven pasar los jóvenes exclaman con vulgaridad: "¡Cuántas tetas tiene!". Y están en lo cierto, pues Floripepa cuenta con nada menos que novecientos setenta y un pechos y tres pezones sueltos, todos ellos de un tamaño, digamos "estándar" y una turgencia envidiable por muchas.
La conocí en un foro sobre papiroflexia (aplicada a la espectrografía molecular). Quedamos un día para tomar un café en Rollados, pues ella vivía cerca, a unos doscientos setenta y siete kilómetros. Cuando la vi la reconocí enseguida; ella llevaba un sombrero pintoresco tal y como acordamos. Quise darle un abrazo, pero no hubo por dónde coger el tema, pues ese día carecía yo de brazos. Fue difícil no hablar de lo que resultaba evidente a la vista: mis ridículas antiparras del siglo pasado, y el hecho de que estaba desnudo, con sólo unos calcetines del siglo pasado también.
Nos despedimos efusiva y cálidamente con la mano desde lejos, ella se fue con sus novecientos setenta y un pechos, y yo acabé, tras diversas aventuras y comprar el periódico, en un cuartelillo turco donde conocí a un monosabio catadrióptico que me contó la próxima historia.
lunes, marzo 29, 2010
Me llevo una
Algunos individuos no son dados a leer antes de acostarse. Otros, sin embargo, son dados. Éste era el caso de Eulalio Deleznable, quien todos los días al despertarse se desperezaba con un grotesco: ¡Tres! ¡Cuatro! ¡Dos! La vida de Eulalio, alpán y albino de nacimiento pero con algunas manchas, iba siempre rodada. Todos los días quedaba para tomar café con sus compañeros de fatiga: el alfil Eructo y la ficha de parchís Bisagra, a quien le gustaba comerse cinco tostadas del tirón. Nunca se ponían de acuerdo en qué juego jugar; mientras Eulalio prefería los juegos de azar, a Eructo nunca le apetecía, ya que era mucho más frío y calculador y gustaba de analizar con frialdad las consecuencias de sus movimientos, ¡el muy sinvergüenza! Eulalio Deleznable emprendió un negocio para prosperar, y se volvió muy sofisticado, hasta convertirse en un dado de diez caras. Encontró entonces a su amor, otro dado de ocho caras. Siempre rodando juntos, tuvieron cifras de dos dígitos y fueron muy felices, aunque la gente solía reírse de ellos comparándolos con una vaca. A veces, con dos vacas. Con el paso del tiempo, Eulalio y sus amigos, totalmente manoseados por el gentío que jugaba con ellos, acabaron llenos de gérmenes hasta el punto de que el único que sobrevivió a tal contaminación fue Eulalio. Siguió el tratamiento que le puso su médico de cabecera por toda la calle, hasta que lo cogió y pudo tomarlo. Lamentablemente ya era tarde, y los gérmenes habían ya germinado el cuerpo del pobre Eulalio, acabando también con su vida e iniciando en el muerto un bonito huerto de plantígrados y celuloides. Paradójicamente, su vida se llevó al celuloide y fue interpretada por su buen amigo Abel Dardo.
lunes, febrero 08, 2010
Título procrastinado
martes, enero 12, 2010
¡Golfos! (Historia fuertecita)
Majuncio y su hijo Saquito fueron condenados por felonía. Se les impuso pena de empalamiento audaz, la cual aceptaron alegres a pesar de los fallos renales que padecía Saquito y que no importunaron a su mal padre.
Majuncio era de profesión ascensor, lo cual da una idea de su perturbación viral que ya arrastraba desde bien fenicio. Cuando el magistro les aplicó, él la supo aviar. Así que cuando se les preguntó por su última voluntad, Majuncio decidió molestar al prójimo a toda costra y de modo permanente incluso estando fenecido, y pidió ser empalado y abandonado en un paisaje típicamente mediterráneo, es decir, en pleno campo de golf.
De este modo, Majuncio y Saquito ahí permanecen, en el campo de golf, bien empalados. Al principio hubo toneladas de quejas, saqueamientos de cajas y arqueaminentos de cejas, pero actualmente empleados los retiran al alba para no asustar a los golfistas y los dejan emplazados en su sitio original empalados al retirarse el sol, metiendo sendas estacas en sendos agujeros.
Esto se ha convertido en una especie de moda entre los condenados a empalación. No ponga esa cara; esta alegre pena es más común de lo que se cree. Pasa todos los días en todos los campos de golf de la costra.
viernes, diciembre 25, 2009
miércoles, diciembre 23, 2009
¡Dame un brazo, amigo!
sábado, diciembre 12, 2009
No se puede hacer más lento
domingo, septiembre 27, 2009
Los pechos de Ciclamato
Ciclamato, de profesión apedreador, tenía un corazón que no le cabía en el pecho. También tenía otro corazón más pequeño que se compró en Acapulco, que era el que se ponía para salir todos los días. En ocasiones, para ir más ligero, no se ponía ninguno (no exageren, es como quien sale a la calle sin calzoncillos de lana). Esto resultaba descorazonador para sus amistades, quienes esos días le reprochaban su falta de tacto y mala fe. En resumen, le acusaban de no tener corazón. Ciclamato les daba la razón de corazón (digamos que les daba la co-razón) mientras ofendía gravemente a sus familias y a sus razas. Y también hablaba mal de usted, no se crea.
Un día que Ciclamato salió sin corazón, ofendió profundamente a un cliente tras el apedreamiento, quien tuvo un arrebato de asedio. Ciclamato le deseó que se empeorara de su leve dolencia, y no pasó de ahí la cosa, hasta que dos minutos después sí pasó y decidieron solucionar el entuerto al alba a base de guantazos o cabezazos. Ciclamato confesó preferir los guantazos, porque los cabezazos le producían algo de jaqueca y, en ocasiones, ceguera. Esto provocó que el cliente se echara atrás y se callara al suelo todo tiesto. Murió en el acto, igual que Ciclamato, que casualmente había muerto de viejo un segundo antes que su rival.
¡Pobre Ciclamato, justamente cuando el día antes había encontrado dos pechos de alquiler para meter su corazón grande, y dispuesto como estaba a decirle a su suegra que quería una hija suya usando una simpática rima!
martes, julio 07, 2009
Jugo
lunes, marzo 30, 2009
Aviso palo palo palo
¡Que nadie se alarme!
El Mono se Eleva está de mudanza. Yo mismo estoy trasladando la mecedora y la mesa camilla a pulso.
Dentro de poco tendremos más espacio, los demás blogs nos envidiarán y seremos más felices.
Para hacer boca y mano, les dejo un relato corto:
Geranio amaba la prensa. No solo la compraba y leía, sino que además vivía dentro de una. Por este motivo, Geranio, prensado, medía un metro diez, hasta que un día, harto de estrecheces y harto de vino, salió de la prensa en que vivía y se pegó el estirón. Se estiró con tanta fuerza que quedó partido en dos. Pero Geranio siempre fue un optimista y, lejos de desanimarse, se pluriempleó; hoy su mitad inferior se dedica a probar bicicletas estáticas, mientras que la mitad superior ha montado un restaurante que no disfruta de mucho éxito. Probablemente quebrará y morirá, así que yo de ustedes no compraría una bicicleta hasta asegurarme de que medio Geranio ha sido reemplazado.
Pronto tendrán más. Lo dice Gavanido.
lunes, enero 19, 2009
Al calor del boniato
miércoles, enero 07, 2009
Saxo en la azotea
Su nombre era Apapucio. Era músico, y además tenía la habilidad de tocar el saxo tenor con gran acierto, posando siempre todos sus dedos únicamente en las notas que sonaban bien. De joven mostró un breve interés por la música, siendo pianista de cine mudo unos treinta y tres años de su vida. Su padre se quedó obsoleto como tal en plena pubertad, y por eso Apapucio se maleducó y adoptó por costumbre tocar el saxo tenor en su azotea hasta altas horas de la madrugada. Su vecina, Hartita, puso una noche el grito en el cielo atándolo a un globo de helio, y juró que de mayor quería ser señora. Apapucio y su mala educación siempre desoyeron sus quejas, y continuaron haciendo lo que les apetujo durante años. Como el tiempo en esta historia carece de importancia, pasaron siete siglos, y la vecina de Apapucio comenzó a hallar el placer en las bellas melodías de su saxo. Antes de que el relato se torne erótico y se parezca a lo que no es, diremos que Hartita carecía de brazos, así que jamás pudo tocarse de la extraña manera en que usted está pensando, ¡Degenerado! No obstante, se frotaba contra una palmera. El misterio de cómo sin brazos habría colgado las sábanas Hartita no hizo mella en Apapucio, pero sí por lo menos en cien tíficos que pasaban casualmente por allí y estuvieron años estudiando dicho fenómeno. La historia de amor no se hizo esperar. Uno de los tíficos, engatusado por las melodías de Apapucio, se colocó su calvuca postiza y se lanzó a la azotea norte de éste para tratar de conquistarle con bellos cálculos y ecuaciones sin resolver. No obtuvo éxito, pues el pobre tífico no se percató de que no era posible saltar a una azotea desde un bajo, estampanándose sin remedio contra el canto de una alcantarilla, y muriendo en el acto en el acto de saltar. Hartita y los noventaynueve tíficos restantes viven ahora juntos, unidos por la desgracia en el piso de treinta metros cuadrados preparado para tal efecto por ella misma. Apapucio, mientras, toca su saxo para ellos religiosamente, noche tras noche, desde su azotea.
miércoles, diciembre 24, 2008
Repetimos pavo
Al menos viene Familia a verme, y me cocinará gratis. Familia siempre fue un cocinillas. Espero dorarme y no quedar salado.
Y es que Gavanido, a veces, repite.
FELIZ GAVANIDAD


