La lenta emergencia de Tocario

Aquel fatídico día de octubre de mil novecientos cuarenta y uno, Tocario se hallaba paseando por un descampado cuando, de repente, fue sorprendido por el lento e imperceptible nacimiento de un bosque. Éste tardó trece años en poblarse de árboles y vegetación, un tiempo demasiado corto para que Tocario reaccionase, y que tuvo como dramática consecuencia la inserción de una rama en el ojo de nuestro protagonista. Tocario se quejó muy despacio en diciembre, y gesticuló alarmado en marzo del cuarenta y dos. Gimoteó lastimeramente en agosto del cuarenta y tres, y corrió a su manera a buscar asistencia médica en noviembre del cuarenta y cinco, cuando aún no la había en su ciudad, esperando encontrarla al llegar. En la peregrinación hasta Urgencias durante veintidós lentos años, Tocario se hizo viejo, e incluso se hizo mayor. La rama que llevaba ensartada en su ojo envejeció a la par y, como consecuencia, le crecieron aún más ramas, donde casualmente anidaron varias especies de aves entre las cuales se encontraba la cigüeña.
A su llegada al hospital, Tocario entró en urgencias, triunfal, con su rama en su ojo, y su cigüeña en su rama.
La enfermera Gertrudis, al ver semejante composición andante con cigüeña por delante, acogió a Tocario como si de su primer bebé se tratase, y éste, a sus setenta y seis años, hoy le mama los pechos sumamente agradecido.